Durante los últimos años, Venezuela ha permanecido sumida en una profunda crisis humanitaria marcada por la violencia, la fragmentación social asociada a la migración masiva y el debilitamiento del tejido familiar y comunitario. Esta realidad ha impactado a millones de personas dentro del país y se ha convertido, además, en un reflejo de dinámicas sociales que preocupan a nivel global.
El 47% de los venezolanos dice sentir estrés por factores económicos, según un estudio. Los datos no son indiferentes, pues el auge de contenidos violentos en redes sociales, especialmente entre jóvenes escolares, evidencia un fenómeno inquietante: la normalización de la agresión como forma de expresión cotidiana. Videos de peleas, abusos y actos de crueldad circulan con facilidad, generando no solo impacto, sino también una peligrosa indiferencia colectiva.
En entrevista con El Nacional, la psicóloga Valentina Moreno, del estado Trujillo, advierte que la situación socioeconómica en Venezuela no solo genera altos niveles de estrés, sino que también contribuye al desarrollo de problemáticas más complejas, como la ansiedad, los duelos asociados a la migración y la sobrecarga emocional en entornos familiares con recursos limitados.
La especialista señala que, en contextos donde la violencia se percibe como un mecanismo de supervivencia, los niños y adolescentes tienden a reproducir estas conductas. Este fenómeno puede explicarse desde la teoría del aprendizaje social de Albert Bandura, según la cual los comportamientos se adquieren mediante la observación e imitación del entorno.
A ello se suma la falta de herramientas para la regulación emocional y el uso excesivo de pantallas, factores que refuerzan estos patrones y posteriormente se manifiestan en el ámbito escolar. Asimismo, la ausencia de políticas públicas sostenidas en materia de salud mental limita la capacidad de prevención e intervención temprana.
En cuanto al abordaje del problema, Moreno enfatiza que la conducta agresiva no responde a una sola causa, por lo que requiere un enfoque integral que involucre tanto al estudiante como a su entorno familiar. En este sentido, destaca la eficacia de la terapia cognitivo-conductual, ampliamente respaldada por la evidencia científica.
De igual forma, subraya la necesidad urgente de fortalecer la formación de padres, docentes y personal educativo en temas de salud mental, inclusión y desarrollo de habilidades socioemocionales, así como de garantizar la presencia de profesionales capacitados dentro de las instituciones educativas.
Por otra parte, informes de organizaciones internacionales de derechos humanos han documentado en Venezuela restricciones a la libertad de expresión, limitaciones a los derechos civiles y políticos, así como detenciones arbitrarias y uso desproporcionado de la fuerza estatal. Estas condiciones configuran un entorno institucional de alta conflictividad y control político, que incide negativamente en la convivencia social y en la percepción de seguridad ciudadana.
En este contexto, durante las celebraciones de Pascua de 2026, en el Vaticano, el papa León XIV lanzó un mensaje contundente que resonó como una advertencia moral ante la creciente indiferencia global:
“Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos, así como a sus consecuencias económicas y sociales”.
El pontífice subrayó que este proceso de normalización no solo deshumaniza a las sociedades, sino que también debilita la capacidad de respuesta frente a las injusticias. Su llamado invita a rechazar la resignación y a recuperar la sensibilidad ante el dolor ajeno, en un mundo donde la violencia amenaza con convertirse en rutina.
Más allá del ámbito religioso, el mensaje plantea una reflexión urgente para gobiernos, instituciones y ciudadanos: ¿hasta qué punto la exposición constante a la violencia está moldeando nuestra percepción de la realidad?
La crisis venezolana, junto con otros conflictos globales, evidencia que el problema no es aislado. Se trata de un desafío estructural que requiere respuestas integrales, centradas en la educación, la reconstrucción del tejido social y la promoción de una cultura de no violencia.
En tiempos donde la indiferencia parece expandirse, el verdadero reto consiste en no acostumbrarse. Porque cuando la violencia deja de sorprender, comienza a formar parte del silencio colectivo.
Artículo escrito por Rosangel Mendoza para El Nacional
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