🔴🔵 Sobrevivientes de terremotos cuentan cómo sus vidas cambiaron

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Días después de los devastadores terremotos del 24 de junio en Venezuela, en varios hospitales de Caracas continúan recibiendo a sobrevivientes. En centros como el Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño y el Periférico de Catia aún permanecen pacientes en observación y familiares que intentan recuperar la calma tras el impacto físico y psicológico por la tragedia. Aunque en estos centros ya no se percibe el ritmo registrado en las primeras horas tras los sismos ni las emergencias desbordadas, la incertidumbre persiste.

Yohanna Núñez llegó el lunes al Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño, en Caracas, trasladada desde La Guaira junto con su hijo y su madre, Nora Romero. La mujer, que vivía en la urbanización Brisas del Aeropuerto, un complejo de la Misión Vivienda cercano al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, esperaba noticias sobre el estado de salud del joven.

El hijo de Yohanna se desplomó y comenzó a convulsionar luego de haber ayudado a sacar a su gemelo durante los sismos.

“Ese día estábamos muy tranquilos y, de repente, cuando comenzó todo mis hijos y yo empezamos a gritar y salimos del edificio. Uno de mis hijos agarró a mi niño más pequeño y bajamos. Nos cayeron ladrillos y escombros encima, pero logramos salir. Cuando él llegó, se desmayó y desde entonces su estado de salud se complicó”, recuerda.

Inicialmente, el joven fue atendido en el hospital de Pariata, desde donde lo trasladaron a la Clínica Alfa y, posteriormente, al Hospital Militar. Sin embargo, finalmente lo regresaron. Ante la falta de opciones, durmió en una colchoneta en un campamento improvisado establecido frente al conjunto residencial afectado.

La situación cambió cuando paramédicos de otras regiones del país llegaron al sitio, lo evaluaron y, tras determinar lo delicado de su condición, gestionaron una ambulancia para su traslado.

“Tiene el cerebro inflamado y está inmovilizado, se mueve, pero no se puede parar —parece una marioneta, agrega su abuela. No ha respondido, a veces habla y después vuelve a convulsionar. Ya no es la misma persona de antes”, expresa Núñez, notablemente afectada, mientras su madre le daba palabras de aliento. Sus otros hijos se encuentran bien, en Brisas del Aeropuerto.

“¡Dios mío! Ojalá atiendan a mi hijo como debe ser, a todos los (heridos) que vengan, no solamente a él, pero que, por lo menos, no me tengan de un lado para otro”, clama la madre.

La preocupación se incrementó a su llegada al centro de salud ubicado en el oeste de Caracas, ya que, al no estar debidamente asegurado, el joven cayó de la camilla y se golpeó la cabeza.

“Él está muy delicado de salud y cuando llegamos mi hijo cayó. Nos pusimos muy nerviosas porque ya veníamos con la preocupación por la lesión que tiene en la cabeza. Empecé a gritar. Mi hijo es un muchacho alto, mide casi dos metros y es corpulento. Había un solo camillero para atenderlo y los demás llegaron después de que se había caído”, manifiesta Núñez.

Romero dice que viven en un absoluto estado de nervios.

“Corrimos, lloramos, gritamos y nos abrazamos unos a otros. Vimos personas muertas. Estamos demasiado consternadas; todo se estaba cayendo. Los escombros caían, nos caíamos unos encima de otros, desesperados, pidiéndole a Dios que nos ayudara. Las puertas se trancaron y no abrían. ¡Qué cosa tan mala! Gracias a Dios pudieron abrirlas y salimos. Fue un momento muy difícil”, cuenta.

“Hemos perdido demasiadas amistades, familiares y gente que conocíamos en Tanaguarena y Caribe. Al papá de mi hijo no lo consiguen. El papá de mis gemelitos tampoco aparece; yo ya estaba separada de él. Y así como ellos, hay mucha gente: primos, sobrinos, amistades, amigos, compadres. Uno queda consternado porque también pudimos habernos quedado bajo los escombros”, añade Núñez.

Vivir a la deriva

La tragedia dejó a miles de familias sin hogar, incluida esta, que ahora vive en la calle junto a varios niños —según cifras oficiales, hay casi 13.000 damnificados—. Mientras sobreviven a la intemperie, dicen que la incertidumbre aumenta al saber que todavía hay personas atrapadas bajo los escombros y que la atención de las autoridades aún no llega.

“Si llueve, nos mojamos totalmente. Estamos afuera en carpas y colchonetas. Sí nos han ayudado con algo de comida, con agua mineral, con cosas, pero estamos a la deriva. Dicen que van a llevar carpas, porque si llueve nos vamos a mojar todos”, dice Romero.

La abuela relata que, a sus casi 70 años de edad, se ha arriesgado a “subir rápido” a la torre donde vivía para hacer arepas, café o preparar algún alimento para darle a los niños. “Tuve que barrer vidrios, mi casa está totalmente destrozada. Todo se devastó”, lamenta.

Las mujeres confían en que, una vez las autoridades resuelvan la emergencia en La Guaira, las ubiquen en un refugio en donde puedan sentirse seguras.

“Para La Guaira no regreso”

En la misma área del hospital en la que estaban Núñez y Romer se encontraba Marley Montiel, de 32 años de edad, junto a su pequeño hijo de 4, sentados en un colchón donado. Permanecen en el centro de salud a la espera de la evolución médica de Víctor Machado.

“Estoy esperando que mi esposo se recupere. Le cayó un muro encima y una cabilla le perforó el pulmón. Él está luchando por su vida”, indica.

La mujer describe cómo el hombre le salvó la vida a ella y a su hijo antes de quedar atrapado. “Nos empujó hacia afuera, pero quedó atrapado. Cuando nos empujó, todo se vino abajo y le cayó todo encima, junto con otras personas, incluso niños pequeños, demasiadas personas”, añade.

La vivienda de la familia, en el bloque 4 de Playa Grande, quedó totalmente destruida.

(Pido que nos ayuden porque) no tenemos nada, solamente esto que nos han dado aquí, que es un colchón. Ayuden a la gente que está por allá (en La Guaira) también, a los que están en la misma situación que yo. Que Dios se apiade de nosotros”, manifiesta.

Respecto a la asistencia en el hospital, Montiel señaló que ha recibido buen trato dadas sus condiciones de vulnerabilidad.

“La atención ha sido buena porque saben que no tenemos nada. Como ahora, que todas las placas y estudios son por teléfono; yo no tengo teléfono, no tengo familia aquí, no soy de aquí”, asegura la mujer, quien es originaria de Maracaibo, estado Zulia, mientras que su esposo es nativo de La Guaira.

“No quiero regresar más allá”

El trauma del evento también ha dejado secuelas en el hijo de la pareja.

“Él no puede ver que se mueve algo porque llora. No puede escuchar un ruido porque tiembla. Esta mañana, mientras dormíamos aquí, pasó el camión de la basura y gritó:‘¡Mamá, mamá! ¡Corre, corre!’, y quería salir corriendo. Lo abracé y lo tranquilicé, y ahora está más calmado”, cuenta.

“Uno se deprime. Fue tan horrible que le doy gracias a Dios de estar viva, de que mi hijo esté bien y de haber salido de allá. Vi muchos muertos, muchos niños inocentes, adultos bajo los escombros pidiendo auxilio a gritos. Lo vi con mis propios ojos. Niños, recién nacidos, madres que protegían a sus hijos y que murieron por ellos. Fue horrible”, expresa.

“No quiero regresar más allá. Prefiero irme a otro lado, pero no regreso”, afirma.

Cambia la vida en 39 segundos

Alejandro Ruiz llevaba casi 40 años viviendo en el kilómetro 23 de El Junquito, zona donde colapsaron varias estructuras cuando el doble terremoto sacudió a Venezuela. Cuenta que, cuando intentaba salir corriendo de su casa, se cayó dos veces, pero asegura que eso terminó salvándole la vida.

“Gracias a Dios estaba vestido, salí corriendo y me caí. Me volví a levantar y me volví a caer, porque ahí me tumbó el terremoto. Cuando me paré y seguí, esas dos caídas evitaron que me cayera un edificio que en ese mismo momento se desplomó”, expresa.

Ruiz recibía atención en el Hospital Pérez Carreño por un mareo y un fuerte dolor en el pecho. Reflexiona que la vida de una persona puede cambiar en apenas 39 segundos. Ese fue el tiempo aproximado que separó los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudieron a Venezuela hace una semana.

“39 segundos le cambian la vida a cualquiera en el sistema material, y en 1 segundo se pierde la vida. Gracias a Dios estamos vivos y podemos recuperar lo material. Aquí, con mucho sentimiento, lo estoy contando. No tuve pérdida de vidas, pero sí materiales, a diferencia de otras personas que tuvieron pérdidas materiales y de vidas”, manifiesta.

Ruiz también vivió el terremoto de Caracas de 1967 y comparó ambos acontecimientos. Señaló que aquel sismo fue más corto y en ese entonces residía en otra zona de El Junquito, pero en una casa.

“En la parte arriba de El Junquito tienen que tumbarlo todo. No he podido sacar nada”, asegura el hombre, quien teme regresar por el riesgo de nuevas réplicas.

“Todo lo que tengo es prestado”, señala sobre la ropa que llevaba puesta.

Aunque las autoridades habilitaron algunos sitios para albergar a los damnificados, Ruiz indica que los espacios son insuficientes. Por ello, decidió refugiarse junto con su esposa y las hijas de ella en una iglesia cristiana ubicada en la avenida principal, donde habitualmente se congrega.

También destaca el apoyo comunitario que han recibido los afectados me y alimentos preparados por voluntarios.

“Me he quedado sorprendido de cómo surge la ayuda: comida ya hecha, arepas, de todas estas cosas que nos están solventando por estos momentos. Esperemos que esto continúe, porque yo pienso que, como está empezando, está todo esto. Más adelante, ¿qué irá a pasar? Solamente Dios lo sabe”, comenta.

Ruiz señala que, aunque la situación en La Guaira es más grave por el número de fallecidos y la magnitud de los daños, en su sector también prevalece la incertidumbre. Indicó que, hasta el momento de su testimonio, tenían conocimiento de la muerte de cuatro personas en su comunidad tras el colapso de las estructuras donde se encontraban.

El milagro de sobrevivir y la angustia de seguir buscando

Ana Ochoa y su hija sobrevivieron al colapso del edificio donde vivían, mientras que Yuraima Torres lleva días buscando a su hija y a dos de sus nietos, desaparecidos bajo los escombros. Ambas se encontraban en la emergencia del Hospital Periférico de Catia, el primer punto de contención habilitado en la capital para recibir a los heridos provenientes de La Guaira.

Ochoa vivía en un edificio de cuatro pisos de la urbanización Hugo Chávez Frías, en Playa Grande, que colapsó.  Quedó atrapada junto con su hija. “Salimos de milagro con vida porque el edificio colapsó y quedamos abajo. Estamos vivas de milagro”, cuenta a El Nacional.

Tanto ella como su hija permanecieron sepultadas bajo los escombros hasta ser rescatadas. Ochoa sufrió golpes en una pierna, mientras que su hija resultó lesionada en la cadera y el pecho, aunque se encuentran fuera de peligro.

Explica que sus dos nietos se salvaron porque no estaban en el apartamento cuando comenzaron los movimientos. Uno de ellos, que la acompañaba en el hospital, hacía deporte, y la madre llegó de su trabajo solo minutos antes del derrumbe.

“Caímos las dos hasta el fondo. Quedamos tapiadas”, recuerda.

La mujer asegura que su vivienda quedó destruida junto con todas sus pertenencias. “Uno sobrevive, pero después viene lo peor porque nos quedamos sin nada prácticamente, sin casa, sin nada. Y ahora hay que empezar de nuevo”, afirma.

Ochoa también reconoce el apoyo que recibió por parte de ciudadanos y de las brigadas internacionales que han llevado alimentos, ropa y otros insumos a los damnificados.

“Nunca había vivido algo así”

Aunque recuerda haber vivido el terremoto de 1967 cuando era niña, considera que lo ocurrido la semana pasada no tiene comparación.

“En esa ocasión se cayeron edificios, pero no como ahora”, sostiene.

Yuraima Torres, por su parte, desde el miércoles no tenía noticias de su hija, Fabiola Fabiana Torres, ni de sus nietos Jordan Enrique Torres y Carlos Eduardo Torres, quienes permanecen desaparecidos tras el colapso del edificio donde vivían, en el sector Los Cocos.

Estaba en el Periférico de Catia porque un tercer nieto fue rescatado.

“No sé dónde están, ni mi hija ni mis otros nietos. Me siento desesperada de no saber nada de ellos, la situación que están viviendo, si están con vida o no”, expresa.

Torres asegura que ha viajado en varias oportunidades hasta la zona del desastre para buscarlos, pero no ha obtenido respuestas. Afirma que la ayuda más constante la han recibido de brigadas mexicanas de rescate, a quienes atribuye la recuperación de personas con vida y de fallecidos entre los escombros.

“Gracias a Dios nos han estado ayudando a buscar”, dice.

También cuestiona la respuesta de las autoridades y sostiene que los habitantes de las zonas más vulnerables no han recibido el mismo apoyo que otros sectores.

Incluso, asegura que escuchó que se solicitaban 1.000 dólares para operar una maquinaria pesada destinada a remover escombros, información que conoció a través de un grupo de vecinos que permanece atento a las labores de búsqueda. Pese a ello, destaca la solidaridad mostrada por los propios venezolanos.

“El pueblo es el que ha ayudado al pueblo”, señala.

Durante la tragedia de Vargas de 1999 también vio desaparecer su vivienda, pero considera que la magnitud del desastre actual supera esa experiencia. “Esto es terrible, esto es peor”, enfatiza.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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