Caracas.- Abrazos, oraciones, risas, silencios y palabras de aliento entre sobrevivientes y rescatistas han dado forma a una memoria colectiva en Venezuela, donde la tragedia convive con la esperanza.
Mientras las cifras oficiales de fallecidos, heridos y desaparecidos continúan cambiando tras los dos terremotos ocurridos en Venezuela el pasado 24 de junio, otras historias han emergido entre los escombros: la de las palabras, abrazos y gestos que han sostenido la esperanza del país entero.
En videos difundidos por rescatistas, familiares, sobrevivientes y periodistas han quedado registrados momentos que reflejan el impacto de una nación golpeada por la tragedia, pero también la capacidad humana de resistir, acompañar y no rendirse.
Son escenas que han provocado lágrimas, pero también han dado alivio al dolor; fragmentos que recuerdan que, incluso en medio del desastre, la humanidad sigue siendo una fuerza capaz de sostener vidas.
Estos gestos pueden leerse como algo universal, sin fronteras: se repiten en cada equipo de rescate internacional que llegó al país y sigue trabajando sin descanso, celebrando cada vida salvada como si fuera propia. El lenguaje del cuidado, la calma y la celebración del «lo logramos» o del «bienvenido a la vida» se repite en distintos acentos, pero con el mismo sentimiento de agradecimiento.
Sin embargo, en medio de esa universalidad, también hay algo profundamente local. Frases, expresiones y maneras de hablar propias del venezolano que atraviesan los escombros y que le dan identidad emocional a cada rescate: el «no joda», el «tranquilo, mi seño, que ya te vamos a sacar», el «pana, veníamos por ti», así como el humor espontáneo incluso en medio del dolor.
Estos momentos no ocultan la destrucción, las pérdidas irreparables y las miles de historias marcadas por el dolor que dejaron los terremotos. Pero revelan algo que no aparece en los balances oficiales: la capacidad de las personas para sostenerse unas a otras cuando todo está derrumbado alrededor.
En cada palabra de aliento, en cada abrazo, en cada rescatista que se negó a abandonar una búsqueda y en cada sobreviviente que decidió seguir luchando, quedó reflejada una certeza compartida: la tragedia puede derribar edificios, pero no la voluntad humana de ayudar, resistir y esperar.
1.- “Papi, no llores”: el niño que consoló en medio de colapso
En el rescate de la familia García, en el sector Rita Sol, un pequeñito se volvió contención. Entre los escombros, le habla a su padre.
Los rescatistas pasaron un teléfono a Joaquín para que mostrara su condición y la de sus dos hijos pequeños.
“Este es Diego. Aquí estoy yo”, dice mientras intenta mantenerse firme e indica que Santi está más abajo.
Los rescatistas le aseguran que ya están trabajando para sacarlos.
En medio del polvo, Diego, su hijo más pequeño, no solo resiste en el pecho de su padre, también lo consuela:
“Papi, no llores”.
Convirtiéndose en uno de los gestos más conmovedores de toda la emergencia.
2.- “¿Te quieres montar en el helicóptero?”: la inocencia aferrada a la vida
Un niño de apenas 8 años, atrapado entre estructuras colapsadas, conversa con los rescatistas mientras lo asisten, le dan agua y le lavan la cara.
Entre el dolor y la destrucción, surge una pregunta inesperada: si podrá montarse en un helicóptero.
“¿Te quieres montar en un helicóptero? Te vamos a sacar para montarte en un helicóptero”, le dicen funcionarios venezolanos con calma, siguiendo su ritmo.
El niño responde:
“Sí, pero todo está destruido”.
3.- La sonrisa de Fabi da la vuelta al mundo
Fabi, una niña de 12 años, quedó atrapada durante más de 24 horas en los apartamentos Rita Mar. Logró comunicarse con el exterior tras un video que grabó y envió a redes, diciendo su ubicación y pidiendo ayuda.
Las labores de su rescate las realizó el Grupo de Rescatistas Metropolitano de Caracas, quienes trabajaron durante cerca de siete horas para lograr sacarla con vida.
En medio del colapso, la comunicación entre Fabi y los rescatistas se convirtió en un hilo de esperanza. Les contó que le gustaba el reguetón viejo, y ella misma describía la situación con una mezcla de claridad y desconcierto:
“Lo que pasa es que no te veo porque hay una montañita de cemento”, dice Fabi en el video, y su rescatista responde: “Aquí hay una montañota”.
Con el avance de las labores, la distancia entre ambos se reducía poco a poco. En un momento del rescate, los funcionarios le anunciaron el progreso:
“Mira qué tan cerca estamos ahora… de nada más vernos un dedo a vernos completo”.
Instantes después, Fabi logró extender su mano con una sonrisa, mostrando que ya podía sacar el brazo entre los escombros.
Allí se capturó una imagen de la niña a través de un pequeño agujero. Su reacción —una sonrisa entre el polvo y el cansancio— se volvió símbolo de esperanza y de las vidas que esperan tras los escombros.
Cuando finalmente comenzó a ser extraída, los rescatistas le hablaban con calma para acompañarla en el proceso:
“Simplemente respira, relájate y ya. Es a tu tiempo, no al nuestro”.


4.- Marlene Santana: “Quiero una Coca-Cola”
Tras tres días atrapada, Marlene Santana, de 69 años, fue rescatada con vida por el equipo de El Salvador. Su nieto insistió en que estaba allí, con vida.
Cuando le dieron agua a través de una manguera que introdujeron por un hueco y le preguntaron qué más quería, su respuesta fue inmediata y sencilla:
“Una Coca-Cola”.
Una frase que resumió el regreso a lo cotidiano después del horror.


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5.- La oración bajo las réplicas
Un hombre atrapado entre losas conversa con su rescatista en medio de las réplicas. Habla de la pérdida de un amigo y del miedo a no salir. De repente sienten una de las más de 200 réplicas.
El hombre atrapado le dice a su rescatista:
“Está volviendo a temblar, hermano, si quieres te bajas”.
La reacción del rescatista es decirle:
“Hermano, tranquilo. ¿Tú crees en Dios?”.
Al recibir una respuesta afirmativa, le dice: “Repite conmigo”. Ambos se unen a orar.
6.- Adriana y su primo hermano: el amor y los “regaños”
El rescate de Adriana por parte de su hermano se ha convertido en uno de los momentos más comentados en redes sociales por la tensión del entorno, los regaños y la determinación de quien insistía en sacarla con vida desde el otro lado de la pared. A todos confundió, pensando que se trataba de una pareja de esposos.
“No me quites la respiración. Yo sé lo que hago. No joda. Estoy más cerca de ti de lo que tú te imaginas”, dice su hermano mientras continúa martillando la pared sin detenerse.
Desde el interior, Adriana insiste con temor ante el riesgo del derrumbe:
“Se va a venir la pared”.
A lo que él responde, firme:
“No se va a venir, Adriana, coño”.
Ella vuelve a insistir, preocupada por la estabilidad de la estructura, pero él mantiene su convicción y el ritmo del rescate:
“Coño, Adriana, yo estoy aquí arriba. Y tengo todo bajo control. Tápate la cara. Tápate la cara ahí”, le grita mientras continúa rompiendo el muro.
“Quédate quieta y no me interrumpas. Tápate la cara, mi amor. Yo sé lo que hago, mi vida, cooooño, no joda”, le repetía una y otra vez, sin apartarse ni un segundo de la pared, golpe tras golpe, hasta lograr abrir el boquete que finalmente permitió sacarla con vida.
7.- El patuque en la cara y los cumplidos del rescatista
Ninguna otra escena resultó más venezolana que la de una adulta mayor y la conversación con su rescatista.
“Ya la vamos a sacar, mi seño. Confíe en nosotros”.
Ella, cubierta de polvo por el derrumbe, respondió con el humor que parecía resistirse a desaparecer incluso en medio de la tragedia:
“¡Mira el patuque que tengo!”, dijo, refiriéndose al rostro cubierto por el polvo.
El rescatista le responde con cortesía:
«Usted lo que está es bonita… y esas uñas me encantan”.
Las palabras desataron las bromas del resto del equipo, que comenzó a decir que su compañero “era peligroso”.
Lejos de incomodarse, la mujer siguió el juego:
“No le paren, él no es celoso… yo tampoco soy celosa”.
8.- La pérdida irreparable: cuando no queda más que resignación
Un sobreviviente resume el impacto de la tragedia sentado frente al que fue su hogar en el piso 1, urbanización Playa Grande, avenida Norte 1, edificio Urimar:
“Ya no hay más nada que recuperar. Solo la resignación”.
Había perdido a su esposa y a sus dos hijos de 5 y 9 años. Su silencio se convierte en una de las escenas más duras de toda la emergencia.
9.- Camila regaló un corazón al mundo
Camila Sofía Medina Rivas, de 15 años, habló poco cuando finalmente fue rescatada. No hizo falta. Sus gestos dijeron mucho más que cualquier palabra.
La adolescente permanecía atrapada entre los escombros de lo que había sido su hogar junto a su perrita, Channel, hasta que fue localizada y rescatada por un equipo de El Salvador.
Mientras era trasladada en una camilla, Camila protagonizó una de las imágenes más conmovedoras de estos días. Levantó las manos para formar un corazón, sonrió, envió besos y luego se abrazó a sí misma.
Fue un gesto espontáneo, en medio de los aplausos y del desastre.


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10.- “Dios me mandó aquí”: el rescate de los caraqueños
Pedro, un adulto mayor, encontró mucho más que un equipo de rescate. Encontró una voz que lo devolvió a la vida.
Con evidente agotamiento, dijo:
“Gracias a Dios… pensé que no iba a pasar esta noche”.
La respuesta llegó de inmediato:
“No, tranquilo. Que sí la va a pasar. Dios me movió el corazón hoy y me dijo que no me quedara en la casa. Y me vine desde Caracas. ¿Tú sabes para qué? Para buscarte a ti. Dios me mandó a mí, a mis primos y a estos amigos que están allá afuera haciendo lo posible por sacarte. Somos los caraqueños (de Parque Caiza). Todos somos un equipo que queremos ayudarte”.
11.- Hernán: la voz que sostiene la espera
La estrategia y la comunicación constante marcaron uno de los rescates más complejos y esperanzadores desde los terremotos del 24 de junio.
Hernán Flores Gil, de 44 años, un vigilante permaneció atrapado en un espacio de difícil acceso en el Centro Comercial Galerías Playa Grande y, tras más de 114 horas de operaciones ininterrumpidas, rescatistas de El Salvador, Chile, Estados Unidos y Venezuela trabajaron para llegar hasta él.
Su caso mantuvo en vilo al país entero, que siguió cada actualización con la esperanza de verlo salir con vida.


En uno de los videos difundidos durante las labores de rescate, se escucha a Nohemí Quiroa, integrante del grupo de búsqueda y rescate de El Salvador:
“¿Don Hernán, me escucha? Soy del grupo de búsqueda y rescate de El Salvador”.
“Le voy a pasar líquido. Yo le aviso”.
“Si necesita algo, me dice”.
Del otro lado, la respuesta más breve y serena:
“Okey… no se preocupe”.
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Las frases y los gestos que han circulado durante la emergencia no solo conmueven a quienes están en el lugar, sino también a quienes siguen pendientes de cada rescate. Son escenas que revelan una humanidad compartida. Pero también revelan otra capa: la del lenguaje venezolano, con su carga emocional y su humor incluso en la adversidad.
Porque, en medio de esta tragedia que golpea al país, también queda claro algo esencial: la vida se sostuvo no solo con manos que levantan escombros, sino con palabras que, en cualquier idioma, siguen significando lo mismo: no rendirse.
- 1.- “Papi, no llores”: el niño que consoló en medio de colapso
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- 7.- El patuque en la cara y los cumplidos del rescatista
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- 9.- Camila regaló un corazón al mundo
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