Quince días después del doble terremoto que sacudió a La Guaira, la avenida José María Vargas, principal corredor comercial de Naiguatá, luce desierta. Sin agua, con negocios cerrados y daños estructurales aún sin evaluar, comerciantes y vecinos intentan resistir mientras esperan que el turismo, principal sustento de la comunidad, regrese algún día


Cada 24 de junio, Naiguatá cambia su ritmo. Desde temprano, las calles se llenan de tambores, promesas y devotos que llegan para honrar a San Juan Bautista. Comerciantes preparan sus negocios para una de las jornadas más esperadas del año, mientras cientos de visitantes provenientes de Caracas y otras regiones recorren la avenida José María Vargas, corazón comercial del pueblo. Este año, sin embargo, la celebración quedó marcada para siempre. A las 6:04 de la tarde, cuando la fiesta estaba en pleno desarrollo y las calles rebosaban de gente, el doble terremoto sacudió la tierra y transformó el bullicio en desesperación.
Quince días después, el contraste resulta inevitable. Donde hace apenas dos semanas era difícil caminar entre los visitantes, ahora las personas pueden contarse con los dedos de una mano. La avenida José María Vargas permanece en silencio. Hay santamarías abajo, cables eléctricos caídos, el asfalto levantado, enormes grietas, viviendas agrietadas y construcciones que no resistieron la fuerza de los terremotos.
El turismo, del que depende buena parte de la economía local, desapareció junto con la tranquilidad de sus habitantes.
Enrique Castillo observa ese cambio todos los días desde su carrito de comida. Aunque parte de su vivienda y la de su madre resultaron afectadas, decidió volver a abrir para mantenerse ocupado y tratar de dejar a un lado el miedo.
«No es fácil, yo viví la vaguada y ahora este terremoto. No es fácil estar metido dentro de una casa con miedo, pero tampoco lo es estar dentro de un refugio», relató. Por ello, intenta sostener su negocio para mantener la mente ocupada y no dejarse consumir por la incertidumbre.


Castillo aseguró que el pueblo perdió buena parte de su infraestructura. El bulevar quedó afectado, varias viviendas colapsaron y el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) sufrió daños que lo dejaron inhabitable. A ello se suma el colapso de las tuberías de aguas blancas.
«No tenemos agua desde que comenzó todo esto. A veces un tubo matriz bota un poco de agua y varios vecinos vamos con recipientes para llenar lo que podamos», indicó.
La falta de agua se convirtió en una de las mayores dificultades para los habitantes de Naiguatá. Mientras las cuadrillas intentan reparar las tuberías fracturadas por el movimiento telúrico, muchas familias dependen de camiones cisterna o de la solidaridad entre vecinos para abastecerse.


La incertidumbre golpea
La misma incertidumbre vive Carlos Cámara, comerciante de la avenida José María Vargas. A dos semanas del terremoto, mantiene cerrados sus inmuebles mientras espera los estudios técnicos que determinen si es seguro volver a utilizarlos.
«Ahorita no podemos hacer nada, tenemos la incertidumbre porque no sabemos realmente cuál es la evaluación que vayan a hacer. Tenemos que hacerle caso a los expertos porque son los que darán la opinión exacta», explicó mientras observaba la devastación en esta avenida en la que al menos 40 familias resultaron afectadas.
Mientras espera ese diagnóstico, sobrevive gracias a sus ahorros. «Tenemos que permanecer con el dinero que uno tenía guardado e ir resolviendo con eso poco a poco».


Cámara perdió una propiedad de aproximadamente 2.000 metros cuadrados en Naiguatá y un apartamento en la zona de Caribe. Hoy solo le queda una propiedad de pie, pero sin la certeza de poder habitarla con seguridad.
Aunque el servicio eléctrico fue restablecido, insiste en que la ausencia de agua potable mantiene paralizada la actividad comercial.
«Las tuberías de aguas blancas y las cloacas se rompieron. Continuamos sin el servicio porque todavía buscan reparar todas esas averías», explicó.
También cuestionó la respuesta oficial recibida hasta ahora. Dice que la ayuda con alimentos y suministros ha llegado principalmente de ciudadanos particulares, mientras cada familia intenta resolver por cuenta propia las consecuencias del desastre.


Bajo las carpas
A pocas cuadras de donde estaban Carlos y Enrique, la tragedia también obligó a reinventar una obra social. El centro de rehabilitación La Brecha quedó completamente destruido y sus instalaciones ya no pueden utilizarse. Sin otra alternativa, el pastor Abelardo Maestre explicó que las personas que hacían vida en este centro tuvieron que trasladarse a una plaza pública.
Allí, bajo varias carpas, permanecen 25 personas, entre ellas tres pastores, que continúan desarrollando un programa de rehabilitación para personas con problemas de adicción y en situación de calle.
«Seguimos igual, pero ahora afuera, porque no quedó nada del centro», relató Maestre mientras señalaba el campamento improvisado donde realizan cultos y reciben a quienes buscan ayuda espiritual.


El Centro de Rehabilitación La Brecha quedó inhabitable. | Foto: Mairen Dona
La alimentación, el agua y parte de la ropa que utilizan han llegado gracias a donaciones provenientes de distintas partes de Venezuela y de la ayuda internacional. Sin embargo, las necesidades siguen siendo numerosas.
Aunque existe la posibilidad de trasladarse a un terreno en Carayaca, la falta de servicios básicos, especialmente agua, hace inviable esa opción por ahora.
En Naiguatá, el terremoto no solo derrumbó edificios. También fracturó la dinámica de un pueblo que vive del movimiento de visitantes, de los restaurantes, pequeños comercios y posadas que cada fin de semana recibían turistas atraídos por sus playas y tradiciones.
Hoy, mientras las evaluaciones estructurales avanzan lentamente y el agua sigue sin llegar a muchas viviendas, los habitantes intentan reconstruir una rutina entre ruinas, esperando que el pueblo vuelva a llenarse algún día. Ya no con la desesperación que dejó el terremoto, sino con los visitantes que durante años hicieron del turismo el motor de la vida en Naiguatá.


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