Caracas.- A casi un mes de los terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio, las heridas en el asfalto, así como en las paredes de Caracas y La Guaira comienzan a ser eclipsadas por un movimiento que no busca destruir, sino reconstruir. Este domingo 19 de julio cuando se celebra el Día del Niño, no será una fecha de simples juguetes; para las niñas y niños sobrevivientes, será un recordatorio de que no están solos.
En la cocina del Instituto Europeo del Pan (Iepan) el olor a masa recién horneada se mezcla con el ruido de bandejas, hornos y voluntarios que no han dejado de trabajar desde hace más de tres semanas. A varios kilómetros de allí, en un salón del colegio Aprada Tepui, decenas de personas llenan cajas con golosinas, juguetes, burbujas y pequeñas sorpresas.
Son dos escenarios distintos, pero persiguen el mismo objetivo: que este Día del Niño, miles de pequeños afectados por el doble terremoto, puedan olvidar, aunque sea por unas horas, el miedo y las pérdidas que marcaron sus vidas.
La tragedia dejó miles de fallecidos, heridos y familias desplazadas en estados como La Guaira y en sectores de Caracas. Desde entonces, la respuesta de la sociedad civil ha llenado espacios donde todavía persisten necesidades. Cocinas comunitarias, centros de acopio, voluntarios y organizaciones han trabajado sin descanso para atender a quienes lo perdieron todo. Ahora, con la llegada del Día del Niño, el esfuerzo también apunta a alimentar la esperanza.
Para Juan Carlos Bruzual, director de Iepan, esta ayuda tiene un significado profundamente personal. Hace 27 años también fue víctima de un desastre natural durante la tragedia de Vargas de 1999 y asegura que esa experiencia cambió para siempre su manera de entender la solidaridad.
«La gente me pregunta por qué insistimos tanto en ayudar a los damnificados. Yo fui damnificado de Vargas. Pasé días y noches horribles, las peores de mi vida. Sé lo que significa estar en esa situación y las necesidades que se viven en medio de tanta penuria», recuerda.
Con esa memoria aún intacta, apenas ocurrió el terremoto decidió hacer lo único que, dice, sabe hacer bien: pan. Al día siguiente ya estaba organizando una campaña que comenzó como Mil sándwiches para Vargas, y que, con el paso de los días, superó todas las expectativas.
«Ya hemos hecho más de 5.000 sándwiches. La campaña le ha dado cinco vueltas a la meta inicial», cuenta mientras explica que cada jornada implica volver a producir pan artesanal en una escuela de panadería que se transformó, temporalmente, en un centro de ayuda humanitaria.
La cercanía del Día del Niño los llevó a cambiar el menú, sin abandonar el mismo propósito. Esta vez preparan mil meriendas compuestas por un pan dulce con mantequilla y mermelada, una combinación que para Bruzual representa mucho más que un alimento.


«Era como me lo preparaba mi hermana mayor cuando era pequeño. Es un viaje directo a la infancia, al pancito dulce de la panadería de la esquina. Queremos que esos niños puedan sentir, aunque sea por un momento, algo parecido a un recuerdo feliz», explica.
Nada de eso habría sido posible sin decenas de manos voluntarias. Exalumnos, estudiantes universitarios, cocineros, panaderos y empresas se han sumado con donaciones y horas de trabajo para mantener la producción.
Hubo días en los que elaboraron mil sándwiches diarios. «La logística fue muy ruda. Había que salir constantemente a buscar ingredientes porque se agotaban. Iepan estaba lleno con unas veinte personas trabajando al mismo tiempo, porque además todo es artesanal», relata Bruzual.
El director de la escuela del pan también destaca la rápida reacción del sector gastronómico. A su juicio, aunque la respuesta ciudadana comenzó de forma improvisada, terminó convirtiéndose en una gran red de apoyo.
«Muchísimos cocineros vinieron incluso desde otras regiones para cocinar en Caracas. Las empresas también donaron productos. Creo que esta vez la sociedad civil respondió muy rápido y con mucha responsabilidad», afirma.
Voluntariado sin límites
Larissa Hernández es una de esas voluntarias. Es periodista, pero durante estas semanas cambió la libreta por harina y levadura. Llegó a Iepan después de colaborar en el centro de acopio de Ciudad Universitaria, donde descubrió que una de las principales necesidades era conseguir alimentos para voluntarios, rescatistas y comunidades afectadas.
«Nunca había hecho pan, pero aprendí. Hacer pan es mágico. Empiezas con una bolita muy pequeña y termina convirtiéndose en algo hermoso», cuenta mientras deja el mensaje claro de que cualquiera puede ayudar.


«Se necesitan muchas manos. Aunque sea un ratico, dos horas para empacar, cocinar o clasificar donaciones. Nunca será suficiente lo que hagamos, pero si todos damos un poquito podremos salir adelante más rápido».
También insiste en que el compromiso no debe terminar cuando pase la celebración por el Día del Niño.
«Este fin de semana será especial para ellos, pero no podemos limitarnos a un solo día. Llevo mucho tiempo trabajando con niños y sé que muchas organizaciones hacen una actividad puntual y luego desaparecen. Mantener el acompañamiento es lo que realmente cambia las cosas», puntualiza.
Cajitas que guardan esperanza
Mientras en Iepan el horno no deja de funcionar, otro movimiento solidario toma forma en el colegio Aprada Tepui. Allí, madres voluntarias, docentes y decenas de colaboradores preparan más de mil cotillones que serán distribuidos entre viernes y domingo en Caracas y La Guaira.
Todo comenzó con una pregunta que Dayana Rodríguez no pudo sacar de su cabeza. «Estos niños han perdido tanto ¿Cómo hacemos para que tengan un día diferente?», recuerda.
La inspiración llegó tras ver un video de otra voluntaria, Tilena Szepesi, quien también quería preparar una comida especial para los pequeños. En cuestión de minutos ambas comenzaron a organizar la iniciativa.
Primero pensaron en elaborar cien cajitas. Después la meta subió a mil. Hoy ya superan esa cifra y continúan recibiendo donaciones que permitirán entregar cientos de cotillones adicionales.


«Ha habido un movimiento inmenso de juguetes y peluches, pero queríamos hacer algo distinto que también llevará diversión. La receptividad ha sido increíble. La gente trae muchísimas cosas porque quiere ayudar y nosotros estamos sirviendo como ese puente para que todo llegue a los niños», dice Rodríguez.
La distribución requerirá tres días completos y decenas de voluntarios organizados en distintos grupos para llegar tanto a refugios como a comunidades afectadas.
Tilena Szepesi conoce bien el trabajo colectivo. Forma parte del grupo Ven al Corazón, que desde el día siguiente al terremoto comenzó cocinando en una casa y terminó operando en un centro de producción desde donde han salido más de 2.000 comidas.
«Ha sido un aprendizaje sobre la marcha porque ninguna de nosotras sabía hacer algo así. Todo ha ido creciendo gracias a la gente», comenta.
Cuando surgió la idea de las cajitas felices, tampoco imaginó la magnitud que alcanzaría.
«Pensábamos hacer cien y ya vamos por mil. Además entendimos que no solo estaban los niños de La Guaira. También hay pequeños afectados en Caracas y otros que viven situaciones difíciles, como los pacientes oncológicos del Hospital San Juan de Dios, a quienes también queremos acompañar».


Más allá del regalo: sanar el corazón
En Aprada Tepui, las docentes decidieron sumar otra dimensión al esfuerzo: el acompañamiento emocional para sanar el corazón. Su directora académica, Mariana Oropeza, explica que durante las últimas semanas han visitado refugios para realizar actividades recreativas y educativas con los niños.
«Hemos llegado a unas 300 familias. Más allá de entregar cosas, buscamos que los niños puedan jugar, distraerse y vivir actividades que les permitan dejar atrás, aunque sea un rato, todo lo que han sufrido», señala.
Oropeza asegura que las muestras de cariño de los pequeños son el combustible para seguir adelante.
«Ver cómo reciben unas burbujas o un pequeño detalle con tanta emoción es lo que nos da fuerzas para continuar. Eso es lo que nutre el alma y hace que queramos regresar cada día».
Por eso, adelantó que el trabajo continuará durante las vacaciones escolares.
«Nuestro personal docente seguirá al pie del cañón para acompañarlos. La invitación sigue abierta para todos. Lo que realmente funciona aquí es el cariño, y mientras más personas se unan, más niños podremos alcanzar».
Para los organizadores, la palabra «gracias» ya queda pequeña. Mientras los voluntarios arman los paquetes, el mensaje es claro: en un país que «lastimosamente no sale de una tragedia», la respuesta siempre estará en el que se tiene al lado.
Este Día del Niño, entre un mordisco de pan dulce y el asombro al abrir una caja de cartón, los niños de las zonas afectadas recordarán que, aunque la tierra tiemble, la solidaridad venezolana se mantiene firme.
LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973