🔴🔵 El impulso ciudadano sostuvo los rescates después del terremoto

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La primera gran respuesta tras el terremoto, que cumple este viernes un mes, no vino del Estado sino de una sociedad civil que reaccionó ante el vacío institucional. Frente a la falta de capacidad y de acción gubernamental, rescatistas, voluntarios, ciudadanos comunes, emprendedores y empresas privadas asumieron por su cuenta la tarea de salvar vidas y dimensionar la tragedia.

No solo fueron la primera y más efectiva línea de auxilio en zonas como La Guaira, también se convirtieron en la voz que, con teléfono en mano, reveló al mundo la verdadera magnitud de la devastación.

Antes de que las máquinas entraran en las zonas de derrumbe, hubo personas que llegaron caminando con bolsos en los hombros y herramientas en búsqueda de contactos para saber dónde ayudar.

De hecho, la primera respuesta al terremoto no tuvo una sola dirección.

Salió desde distintos lugares del país y tomó diferentes formas: un bombero que organizó un viaje terrestre para llevar equipos de rescate; un músico que dejó sus proyectos personales para coordinar ayuda; voluntarios que convirtieron un espacio creativo en un centro de operaciones; personas que consiguieron electricidad, comunicación y herramientas para quienes trabajaban entre los restos de los edificios.

En medio de esa cadena de solidaridad se encuentran dos historias que, aunque distintas, tienen un mismo origen: Mérida.

Álvaro Rivera, de 33 años de edad, estaba en el estado andino cuando recibió la llamada que lo llevó a preparar su equipo de rescate y viajar a La Guaira.

Yossue Sayago estaba en Caracas cuando el terremoto cambió sus prioridades. Desde allí comenzó a organizar, junto a otros voluntarios, una red para responder a una emergencia que creció con el paso de las horas.

Uno llegó con entrenamiento para buscar vidas. El otro, con la capacidad de conectar personas y recursos. Ambos terminaron caminando por las mismas calles destruidas, escuchando las mismas historias y enfrentando la misma pregunta: ¿qué más se podía hacer por quienes todavía esperaban encontrar a sus familiares?

Mientras un rescatista preparaba sus equipos, una red comenzaba a organizarse

Cuando ocurrió el terremoto, Álvaro no estaba dentro de la primera comisión de emergencia que salió desde Mérida.

Era bombero y se entrenaba con la fundación Recue Jim junto a especialistas en búsqueda y rescate. Su rutina estaba marcada por simulaciones y entrenamientos, pero esta vez no era una práctica.

La primera comisión merideña ya se había trasladado hacia La Guaira. Allí estaba el teniente Michael Bautista, quien logró viajar por avión, aunque con una limitación: no pudo llevar todos los equipos especializados necesarios para trabajar en estructuras colapsadas.

Entonces llegó la llamada.

“Me contacta el hijo, Fran Bautista, compañero mío también bombero, y me dice ‘Álvaro, actívese porque nos vamos a Caracas para llevar todos los equipos, pero tenemos que irnos por tierra”, recuerda.

Álvaro comenzó a preparar el viaje. Cuerdas, detectores de gases, fibra óptica, sondas y herramientas de rescate fueron parte de la carga que debía trasladar.

Pero también llevaba una motivación personal: durante el terremoto, su prima Mayra Carvajal, una aeromoza, falleció.

“Hubo varios motivos para participar. Primero, me contactaron compañeros con los que entreno; segundo, familiares allegados o terceros que quería ir a ayudar, y tercero, la vocación de servicio. De servir en lo que estoy formado y para lo que estudié”, explica.

Álvaro Rivera asumió la responsabilidad de coordinar un traslado terrestre desde Mérida hasta La Guaira de herramientas especializadas fundamentales para la búsqueda de vidas. Foto: Cortesía

Mientras en Mérida se preparaba ese viaje, en Caracas Yossue comenzaba otra carrera.

El estudio donde nacían canciones se convirtió en un centro de emergencia

Yossue Sayago no estaba en Mérida cuando ocurrió el terremoto. El joven músico y trabajador audiovisual se encontraba en Caracas cuando el sismo lo sorprendió en un piso 14. Aunque el edificio resistió, quedó afectado.

Pero las imágenes que llegaban desde La Guaira mostraban una realidad que no podía ignorar.

“Empecé a ver que esto estaba muchísimo más feo de lo que se hablaba. Y obviamente necesitaban ayuda, entonces decidí incorporarme”, relató.

Junto a voluntarios de las ONG Impaktemos y Gotas Project, comenzó a transformar el estudio de Habeatat —un espacio creativo relacionado con el mundo audiovisual y musical— en un punto de organización.

Donde antes se trabajaban proyectos artísticos comenzaron a llegar cajas, herramientas y personas buscando cómo aportar.

Yossue Sayago, voluntario de Habeatat, actuó como un enlace estratégico entre Caracas y La Guaira localizando con exactitud qué necesitaba cada sector para que la ayuda fuera realmente eficaz. Foto: Tairy Gamboa | El Nacional

La prioridad era entender qué necesitaban realmente quienes estaban en la zona afectada, porque en una emergencia no bastaba con tener voluntad. Había que saber adónde llevarla

Los voluntarios de Impaktemos y Gotas Project identificaron que la prioridad no era solo el suministro general, sino proveer a los rescatistas de herramientas vitales. Foto: Tairy Gamboa | El Nacional

La ayuda también necesitaba una estrategia

La primera dificultad que identificaron los voluntarios no era solamente la falta de alimentos o suministros, sino la de recursos para quienes estaban intentando rescatar.

Elizabeth Carpio, integrante de Impaktemos, explica cómo nació esa línea de trabajo: “Entendimos una necesidad crítica, la de la persona que estaba allá abajo ayudando. No tenían insumos, no había electricidad, no había infraestructura, no había señal”.

La red comenzó entonces a buscar soluciones.

Plantas eléctricas para iluminar los lugares de trabajo, antenas Starlink para recuperar comunicación, herramientas para remover escombros y equipos de protección para los voluntarios y rescatistas.

Pero había otro desafío: enviar cada recurso al lugar correcto.

“Logramos, a través de Instagram, conectar con algunos rescatistas que estaban ubicados en puntos estratégicos de La Guaira donde todavía había señales de vida”, explicó Liana Malva, cantante y directora de Gotas Project. Gracias a esa labor, recuerda, lograron rescatar a una niña con éxito.

La labor de los voluntarios evolucionó: de organizar suministros desde un estudio, pasaron a integrarse a las labores de remoción de escombros y acompañamiento directo a las familias. Foto: Tairy Gamboa | El Nacional.

Pero para lograr estos objetivos, Yossue cumplió un papel fundamental al servir como enlace entre quienes estaban en la zona y quienes podían ayudar desde Caracas.

“Nosotros tenemos algo y es que nos gusta mucho tratar de localizar lo mejor posible a la persona o sector que necesita la ayuda para, de esa forma, llegar eficazmente con lo que están necesitando”, explicó.

Mientras Álvaro avanzaba por carretera hacia La Guaira con los equipos sobre sus hombros, esa red intentaba garantizar que esos equipos tuvieran un destino.

La llegada a una ciudad que ya no era la misma

Álvaro salió de Mérida el viernes 26 de junio, cerca de las 11:00 am. Siete horas después comenzó a entrar a La Guaira.

Pero llegar hasta la zona de operaciones no fue sencillo. La cantidad de personas intentando ingresar provocó congestionamientos y el carro tuvo que detenerse antes de llegar al punto establecido.

Entonces cargaron sus bolsos, caminaron y pidieron ayuda para avanzar.

“Cada uno con dos bolsos más maletas. Nos iban dando la cola y caminábamos cuando se trancaba”.

La ciudad apareció poco a poco. Primero fueron las grietas, después los edificios destruidos. Luego la dimensión humana de la tragedia.

“Empieza a haber olores que uno distingue. No son olores de animales muertos ni olores fecales, sino de personas fallecidas, de cadáveres, y entonces entre nosotros mismos nos miramos y decíamos ‘esto es una película”.

Álvaro se enfrentó a un escenario que superaba cualquier simulacro: olores, destrucción total y la desesperación de familias buscando sobrevivientes. Foto: Cortesía

De coordinar ayuda a estar entre los escombros

Cuando Yossue llegó a La Guaira, la realidad fue distinta a cualquier imagen que había visto.

La destrucción era mayor. Las familias necesitaban respuestas. Los rescatistas necesitaban herramientas.

Después de varios viajes decidió quedarse en la zona junto a otros voluntarios.

La labor que comenzó desde la organización terminó llevándolo directamente a Caraballeda a cumplir funciones como remover escombros y ayudar a las personas.

Uno de los casos que recuerda fue el de un hombre que había perdido a su hijo, su esposa y sus dos nietos.

La red logró conseguir herramientas para que pudiera seguir buscando.

“Pudimos canalizar no un esmeril para el señor, sino dos. También se le dio un martillo de impacto y cosas como suministros que necesitan en esos momentos, guantes, tapabocas, primeros auxilios”.

Pero después también entró a remover escombros.

“Al nosotros estar allí, obviamente también ayudamos, nos metimos en el hueco, sacamos escombros, estuvimos pendientes de si necesitaban algo y buscarlo”.

Cuando las voces debajo del concreto se convirtieron en una carrera contra el tiempo

Para Álvaro, la misión era encontrar sobrevivientes. Las búsquedas combinaban técnicas físicas y equipos especializados.

Los rescatistas escuchaban golpes, llamados y cualquier señal que pudiera indicar que alguien seguía con vida.

“Un minuto que pase es vital. Ahora, imagínense una hora, un día”.

Pero en algunos casos tenían la señal y no la capacidad inmediata para llegar.

“Nosotros escuchamos en estructuras personas pidiendo auxilio, pidiendo ayuda, pero no podíamos acceder porque ¿qué podíamos hacer con un cincel y una porra en el momento?”.

La falta de herramientas se traducía en una lucha contra el tiempo.

Y cada herramienta que llegaba desde Caracas podía convertirse en una oportunidad.

Dos merideños, una misma memoria

Después de 14 días, Álvaro regresó a Mérida.

Aunque no rescató personas con vida, volvió con el orgullo de haber ayudado a muchas personas, —específicamente a padres— a cerrar ese ciclo con la recuperación de cuerpos de sus familiares.

“Siento una satisfacción y un orgullo de haber ayudado los 14 días que estuve allá trabajando, pero quise dar más. Quise dar más porque son personas. Los hermanos guairenses son personas que en este momento nos necesitan”.

Álvaro, miembro de la fundación Recue Jim, estaba acostumbrado a los entrenamientos de alto rigor en Mérida. Foto: Cortesía.

En medio del desastre, asumió un papel emocional escuchando historias, abrazando familiares y buscando palabras para acompañar el dolor.

“Aparte de ser bombero, rescatista, creo que uno cumple ahí un rol de consejero, de mentor, de muchas cosas”.

Una frase resume lo que significó esa experiencia: “Llegué a Mérida de manera física, pero mi alma y mi corazón se quedaron allá”.

Yossue se quedó con una certeza: una emergencia de esa magnitud no solo se enfrenta con equipos, sino con la capacidad de las personas para organizarse.

“Todo este proceso del luto colectivo y la tristeza que implica que un país pase por esto sacó lo mejor del venezolano: la resiliencia, el trabajo en equipo, la creatividad”.

La historia de Álvaro y Yossue no comenzó el día en que llegaron a La Guaira. Fue mucho antes, cuando pensaron que alguien debía ir.

Uno llevó sus conocimientos para buscar entre los restos de los edificios. El otro construyó una red junto a varias ONG para que esa búsqueda pudiera continuar.

Y entre ambos caminos quedó una misma imagen: la de cientos de manos intentando abrirse paso entre los escombros para devolverle a una familia la respuesta que estaba esperando.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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