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El retardo procesal en el caso de los presos políticos en el interior de Venezuela mantiene en zozobra la salud física y mental tanto a los privados de libertad como a sus familiares. Tal es el caso de Jesús Suárez, detenido desde hace dos años y ocho meses en Táchira por motivos políticos. Su progenitora cree que su hijo migró por seguridad, mentira piadosa con la que su familia ha evitado que su estado de salud empeore.
Por: Luz Dary Depablos | Corresponsalía lapatilla.com
El 23 de enero de 2024, tras una visita de Diosdado Cabello al Táchira, Jesús Suárez, un tachirense de 42 años, fue privado de libertad cuando se dirigía a su trabajo en una ferretería familiar en la parte alta de San Cristóbal. Fue vinculado con el caso “Brazalete Blanco”, causa con la que el régimen detuvo a otras 18 personas, entre ellas a Rocío San Miguel.
Hace pocas semanas, la salud de la madre de Jesús se agravó, por lo que fue hospitalizada de emergencia. Su hemoglobina bajó a cuatro puntos y se requirió de cuatro transfusiones de sangre para salvarle la vida.
La madre, que ignora la situación de Jesús, pidió a su hija que lo llamara para que las apoyara con los gastos médicos requeridos por la emergencia: “Llame a Jesús y dígale que nos ayude”.
Ella no maneja redes sociales y desconoce la cruel realidad. Durante todo este tiempo, su familia le ha hecho creer que Jesús migró a Chile, que está trabajando allá y que no la llama “por medidas de seguridad” al ser un perseguido político.
Alix Suárez, hermana de Jesús y quien ha asumido la carga, asegura también sentirse presa, y dijo entre lágrimas: “Soy hija y soy madre. Prefiero cargar yo con este dolor antes que dárselo a mi mamá. Vi que mi viejita se me iba, y si ella se entera de lo de mi hermano, desde hace rato no estuviese con nosotros”.
A Jesús le imputan los mismos cargos con los que vinculan a todos los presos políticos: terrorismo, asociación para delinquir, traición a la patria e intento de magnicidio. Delitos atribuidos simplemente por expresar su postura política, señaló su hermana.
“Para nadie es un secreto que las torturas (en los centros carcelarios) ocurren al principio, pero el mayor daño es el psicológico. Jesús ya no es el mismo, su mirada cambió. Ni él ni nadie sale igual de ahí, y la familia tampoco vuelve a ser la misma”, denuncia su hermana.
También enfatizó que como consecuencia de las torturas y las condiciones del encierro, Jesús casi pierde su ojo izquierdo porque durante mucho tiempo vivió en la oscuridad, sin tener acceso a la luz solar.
El hecho de que Jesús no haya sido trasladado a cárceles del centro del país como El Helicoide, adonde muchas veces fue amenazado que sería enviado, le ha permitido a su hermana acudir cada martes a llevarle comida, insumos y el apoyo moral indispensable para resistir. “Ese contacto semanal le da fuerza a él y me da fuerza a mí”, acotó.
Sin embargo, Alix siente que la cercanía del centro de reclusión de su hermano se ha convertido en desigualdad, pues considera que las excarcelaciones de presos políticos se han concentrado en el centro del país, olvidando a quienes están privados de libertad injustamente en el interior.
“Mi hermano ya lleva 2 años y 8 meses. Ha sido demasiado difícil. Pido y le suplico a Dios que cuando él salga libre, mi mamá todavía tenga vida y se puedan abrazar. Ese va a ser mi mayor regalo.”
Recordó que su hermano estuvo detenido un año y tres meses en la sede del Sebin en la Unidad Vecinal de San Cristóbal, antes de ser trasladado a la sede de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en la avenida Marginal.
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