Me preocupa la salud mental de mis compatriotas. Pude haber enunciado esta oración en 2016 o 2018 o 2022. Pero en cualquiera de esos años, la causa del malestar psicológico colectivo era endógena. A saber, la sensación de estar atrapado bajo un orden político que garantiza una calidad de vida paupérrima y del que, como en esa lúgubre sala de espera en el montaje teatral de Sartre, no parece haber salida. Ahora la causa es externa. Radica en Estados Unidos y su nuevo papel como factor determinante de la política venezolana. Porque por años se pensó que los estadounidenses podían ser quienes abrieran la puerta de la sala y permitieran a los encerrados salir. “Ah, si solo los vecinos del norte dieran el paso”, era el gran desideratum de muchos.
Ahora que los vecinos del norte dieron el paso, no hay sin embargo claridad de que lo que están haciendo es quitar el cerrojo o cambiándolo por otro. Eso es lo que tiene al venezolano en una situación psicológicamente preocupante. Es un subibaja emocional violento, cuyo ritmo lo marcan los titulares de prensa salidos de Washington. Cuando Marco Rubio reafirma que el plan de Washington es que eventualmente haya elecciones libres y justas en Venezuela, todos dan un gran suspiro. Algunos hasta se dan el lujo de ridiculizar a quienes albergan dudas, como si fueran personas de poco temple. En cambio, cuando una información indica que el rumbo es en la dirección contraria, cuando, por ejemplo, trasciende que María Corina Machado no ha podido regresar al país porque en EE. UU. no lo han querido, el pánico y la depresión colectiva hacen estragos. Los que antes se jactaron de su confianza en el plan se olvidan en un dos por tres de esa soberbia y dan rienda suelta a sus propias angustias. Este ciclo puede repetirse una y otra vez.
Por eso, cuando, más temprano esta semana, María Corina Machado y Edmundo González Urrutia anunciaron que no son parte del diálogo para la transición entre la elite gobernante venezolana y una Asamblea Nacional electa en 2015 que cada vez está más expuesta como un instrumento del Departamento de Estado, fue un gran alivio para mí que la reacción de las masas al tanto de la situación fue bastante templada. Si alguien no cree que Machado y González Urrutia son hoy los representantes de la mayoría ciudadana, o lo más cercano que hay a tal cosa, que vea. Porque todo indica que si ellos dos están dispuestos a darle el beneficio de la duda al diálogo en cuestión, pese a que por ahora no son parte del mismo, la base opositora también lo está.
Lo que me propongo ahora no es decir a quien me lea que semejante optimismo cauto es infundado. Más bien, lo que quiero hacer es exponer cuáles son las razones para que haya optimismo cauto en vez de eufórico. De esa forma, se podrá en antemano tener una idea de cuáles son los límites razonables para el optimismo en el horizonte temporal.
A ver. El razonamiento para llamar a la calma es que, en transiciones democráticas, quienes detentan el orden forjador de las instituciones por venir no son necesariamente quienes luego serán los mayores beneficiarios de los cambios. La aspiración de la mayoría de los venezolanos es que, al cierre de este proceso, la beneficiaria mayor sea Machado, al acceder al poder por vía democrática. No por un culto particular a Machado, sino porque a partir de 2023 fue ella quien se convirtió en portaestandarte de los deseos de recuperación de calidad de vida.
Entonces, prosigue el razonamiento consolador, no importa que Machado no esté en la mesa de diálogo justo ahora, porque de todas formas ella puede ser la protagonista de lo que resulte de esos diálogos. El ejemplo más invocado en refuerzo de esta tesis es el de Rómulo Betancourt luego de la caída de Marcos Pérez Jiménez. No fue él quien encabezó la Junta de Gobierno que siguió al despegue del Vaca Sagrada, sino Wolfgang Larrazábal, primero, y Edgar Sanabria, después. La junta ni siquiera incluyó a militantes de Acción Democrática. Eran militares y empresarios sin perfil partidista.
Pero esta comparación tiene límites prominentes. Porque la Junta de Gobierno no fue un ente forjador de instituciones futuras. Fue más bien un garante del orden mientras esas discusiones se daban en otros mentideros, el más destacado de los cuales fue la casa de Rafael Caldera, la quinta Puntofijo. De esos acuerdos entre los partidos que integraron la Junta Patriótica que catalizó el fin de la dictadura surgió el marco, aun técnicamente informal, que permitió la realización exitosa de las elecciones presidenciales de 1958. Luego los acuerdos se desarrollaron más y se formalizaron con la redacción de la Constitución de 1961.
Nótese, no obstante, que la adopción de la carta magna ocurrió poco más de dos años después de los comicios que Betancourt ganó. Ello muestra que los acuerdos informales pueden ser suficientes cuando hay buena fe en todas las partes involucradas. A fin de cuentas, pese a que la mentalidad republicana concibe de forma abstracta las leyes y las instituciones para despersonalizarlas y no atarlas a los caprichos de un individuo o grupo de individuos, son en esencia costumbres y hábitos de personas que reposan sobre juicios éticos. Si esas personas de carne y hueso no cumplen con las costumbres y los hábitos, las leyes y las instituciones solo existen en un papel. Volviendo a las elecciones de 1958, deben tener en cuenta todo esto tanto los ciudadanos que por cualquier razón se muestran incómodos con la realización de elecciones en el corto o mediano plazo y quisieran poner miles de pasos previos (algunos razonables y otros francamente ridículos), como aquellos que se apoyan en la analogía con el comienzo de nuestros 40 años de democracia para ahuyentar temores sobre el futuro.
Esto me lleva a marcar otros límites de la comparación. Si los padres de la democracia puntofijista pudieron obrar como lo hicieron fue porque los militares que sucedieron a Pérez Jiménez tuvieron una grandísima combinación de sindéresis y desprendimiento, al entender que, pese a que seguían teniendo las armas para impulsar su voluntad, el statu quo anterior al 23 de enero era inviable sin un costo enorme para el país en términos de estabilidad, aunque fuera con un rostro distinto al de Pérez Jiménez. Por eso fueron ellos quienes, insisto, se limitaron a velar por el orden mientras los líderes de los partidos moldeaban las instituciones que gobernarían el país. Los militares no tenían en mente mantenerse en el poder y por eso estuvieron al margen de aquellas discusiones. La candidatura presidencial de Larrazábal no refuta esto, pues fue de la mano de dos de las organizaciones de la Junta Patriótica: Unión Republicana Democrática y el Partido Comunista de Venezuela.
Evidentemente, la elite gobernante venezolana post Nicolás Maduro no está desempeñando un papel como el de la Junta de Gobierno de 1958. En vez de desprendimiento, lo que vemos es una voluntad de aferrarse al poder lo más posible. Los cambios obedecen no a sus deseos, sino a los de Washington. Y aunque seguramente los miembros de dicha elite hubieran preferido el statu quo de antes, si ahora los cambios son inevitables, pues lo ideal para ellos sería fungir como principal incidencia interna en los mismos, cuando no la única. Si pueden limitar la mesa de diálogo a ellos y Washington, mejor para ellos.
Esto implica marginar a terceros. Implica, sobre todo, marginar a la dirigencia opositora que Machado encabeza y que, como ya vimos, es la depositaria actual de las aspiraciones de la mayoría de los venezolanos. De ahí que Machado no haya podido volver al país, seis meses después de que comenzara el “nuevo momento político”. Betancourt, en cambio, pudo regresar a Venezuela pocas semanas después de la huida de Pérez Jiménez.
Pienso por lo tanto que el futuro será el criterio que determine cuán acertado es comparar el presente con el pasado. Si Machado o alguien que la represente es eventualmente incorporado a la mesa en la que se están trazando los planos de la institucionalidad futura del país, entonces el símil consolador habrá sido reivindicado. Pero si pasa el tiempo y eso no ocurre, el gran riesgo que corre Machado, junto con la base opositora que ella representa, es que, al no tener silla en la mesa, el edificio resultante no tenga en cuenta sus intereses. En ese caso, Machado quedaría en una posición muy vulnerable, reducida al deseo de que el producto final de las negociaciones incluya elecciones libres y justas que ella pueda ganar.
Asumo que es por eso que, si bien Machado y González Urrutia aclararon que no son parte del diálogo, están dispuestos a darle el beneficio de la duda y dijeron que lo evaluarán sobre la base de que produzca o no resultados que tiendan a la democratización del país. Puedo imaginar que también es por eso que Machado esta semana convocó concentraciones de militantes de su partido. La motivación oficial fue conmemorar los dos años de la elección presidencial de 2024. Pero pienso que, además, se quiso mandar un mensaje a quienes sí constituyen la mesa de negociación. Una muestra de que la facción que Machado encabeza está activa. Si esta facción percibe que está siendo ignorada, no debe sorprender que la dirigencia llame a más movilizaciones. Llamados a la población en general, y no solo a militantes de Vente Venezuela. Esa es la única forma en que un grupo político de orientación cívica y excluido de los centros de toma de decisiones puede hacerse escuchar.
Ya que han pasado solo unos días desde la celebración de los 243 años del nacimiento de Bolívar, cierro con un recuerdo relacionado. En su biografía del Libertador, Augusto Mijares destacó un aforismo francés que aquel escribió en una carta a Santander: ‘A force de forger, on devient forgeron’. Lo que significa metafóricamente es que la práctica hace al maestro. Es un elogio del empeño y la tenacidad. Pero me interesa más su traducción literal: “A fuerza de forja, uno se hace herrero”. Bolívar fue en efecto un forjador de instituciones. Y eso es a lo que la dirigencia opositora debe aspirar ahora, aunque tenga que, siguiendo el refrán, empeñarse. Tiene que tratar de asegurarse un lugar en la forja de instituciones.
@AAAD25
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