🔴🔵 El factor Enrique Márquez y la liderofagia

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Con la aparición del señor Enrique Márquez en el discurso presidencial de Donald Trump sobre el Estado de la Unión, se desataron innumerables especulaciones en las redes sociales, en algunos medios de comunicación y entre supuestos analistas sobre el futuro rol del ingeniero zuliano en la política venezolana. 

Que si Trump lo canonizó como su candidato a la presidencia. Que será el candidato moderado que quiere Trump (se asume que María Corina Machado es radical). Que es perfecto para la transición. Que pudiera ser el próximo presidente del CNE. Y pare usted de contar.

Parece que es fácil para los venezolanos descentrarnos de lo esencial en el análisis del liderazgo y de las políticas que deseamos para nuestro país. Nos vemos empujados por una impaciencia derivada de 27 años de sufrimiento ocasionados por un régimen implacable contra el ciudadano, en todos sus órdenes. Las derivaciones de la presencia de Márquez en el discurso de Trump en cierto modo confirman la tesis elaborada por el sociólogo Tulio Hernández, en el diario Tal Cual, hace ya varios años, sobre la “liderofagia” que habita entre nuestros connacionales. Pasó con Carlos Andrés Pérez y pasó con Juan Guaidó, para nombrar solo dos. A Guaidó lo asechan hoy con insultos algunos venezolanos en las calles de Miami.

Hace tiempo que hay incomodidad en cierta gente sobre el liderazgo de María Corina Machado. Cuando estaba en Suecia para recibir el Premio Nobel de la Paz, diputados no chavistas de la Asamblea Nacional pedían que regresara de inmediato a Venezuela, como si la necesitaran. Medios tenidos como serios alimentan esta incomodidad. El corresponsal del New York Times en Caracas repite hasta el cansancio que Delcy Rodríguez era la “arquitecta” de una economía liberal en los últimos años de Nicolás Maduro. El mismo corresponsal, firmando con otros colegas, pintó a Enrique Márquez como la oportunidad que tuvo Trump de presentar ante el pueblo norteamericano a un político venezolano diferente a María Corina Machado. La reseña de la agencia de noticias española, EFE, al comentar el reportaje del New York Times, fue más allá: Trump presentó a Márquez como la alternativa frente a Machado.

El periódico neoyorquino muestra su sesgo al hablar de “un desacuerdo cada vez más grande entre la Casa Blanca y Machado, la política más popular de Venezuela, quien, desde el exilio, ha visto cómo se erosionaba su capital político en un momento decisivo para el futuro de su país”. El corresponsal en Caracas parece no leer las encuestas de opinión venezolanas en las que María Corina Machado aventaja hoy por mucho a Delcy Rodríguez, la preferida de Trump. Y respecto al carácter tecnocrático y económico-liberal de Delcy, su agudeza puede observarse en más de 80% de pobreza de la población venezolana, la miseria de los salarios de obreros y empleados -los pocos que tienen empleo, porque la mayoría se lanzó a la economía informal o se fue del país-; la inflación entre 400% y 500%; la horrible situación de los servicios públicos, y de nuevo, pare usted de contar.

Empecemos por el principio. Trump, ciertamente, expresa una suerte de enamoramiento con Delcy Rodríguez y no termina de aceptar con convicción el liderazgo de María Corina Machado (MCM). En ello juegan varios factores, siendo el principal el de su personalidad. El exacerbado egocentrismo del presidente hace que la líder venezolana le despierte su reconcomio por no haber ganado el Premio Nobel de la Paz. No soporta que eso le haya pasado a él. Delcy, por otro lado, actúa como si le estuviese haciendo caso a sus órdenes y le brinda la oportunidad de justificar la decapitación del régimen, sin cambiarlo. “Lo está haciendo muy bien”. Delcy lo ayuda a justificar lo que él quiere vender.

Junto a esto, están las distintas visiones políticas de su gabinete y allegados. Sabemos que Grenell -el amigo de Jorge Rodríguez en la administración Trump- propició que en Venezuela ocurriera una situación como la actual, aunque sin intervención militar. Marco Rubio, también sabemos, empuja el cambio de régimen. Para Rubio, la remoción del chavismo implica un paso más hacia la eliminación del castrismo en Cuba, una bandera bajo la cual construyó su carrera política. 

A ello se suma el análisis que habría hecho la CIA respecto a la falta de apoyo a MCM y a Edmundo González entre las instituciones armadas gubernamentales. Esto trasladó a Trump a 2019, cuando su Consejo Nacional de Seguridad vio con buenos ojos el fracasado alzamiento del jefe del Sebin, Christopher Figuera, que liberó a Leopoldo López de su prisión domiciliaria, y el llamado de Guaidó a las Fuerzas Armadas a que salieran a respaldarlos. John Bolton reconoció después en el libro sobre su experiencia en la Casa Blanca de Trump que hubo fallos graves de inteligencia, que atribuyó a que ya no había embajada americana en Venezuela, gente suya en el terreno, sugiriendo además que se apoyaron en la inteligencia que proporcionó la gente de López y Guaidó. Esta vez, Trump prefirió le evaluación de la CIA y no dio crédito a la aseveración de MCM de que las fuerzas democráticas estaban en capacidad de sostenerse con un cambio de régimen. Dado que el presidente no se caracteriza por la profundidad de su pensamiento, dijo, en consecuencia, y ligeramente, que la señora Machado no tenía ni apoyo ni respeto en Venezuela. Todo esto, dentro del contexto de que Trump no estaba dispuesto a colocar tropas en el terreno por la incursión en Venezuela, y se contentaba con la detención y extracción rápida de Maduro y su mujer.

Contrario a lo que puedan pensar algunos, la transición hacia la democracia en Venezuela no depende exclusivamente de Trump. Y eso lo saben tanto Delcy como María Corina Machado. Por ello, Delcy realiza movimientos políticos (excarcelaciones, ley de amnistía) y económicos (nuevas leyes de petróleo y minas) que ayuden a Trump a mostrar algo positivo de su intervención militar en Venezuela, sin arriesgar demasiado en el control del aparato estatal. La mitad de los presos políticos que había con Maduro están aún encarcelados, y con las leyes del Odio y la Simón Bolívar, no hay garantías del ejercicio libre de la política en el país. Las leyes de petróleo y minas favorecen al inversionista extranjero, pero carecen de la transparencia necesaria para evitar la corrupción, tanto en el destino interno de los recursos obtenidos por su aplicación, como en las posibilidades de contratos y repartición de dólares entre los enchufados. Delcy y su hermano -es vox populi en Venezuela- juegan a darle tiempo al tiempo para alargar su permanencia en el poder. Y el tiempo puede jugar en contra de Trump.

Que el Partido Republicano pierda las elecciones de mitad de período en noviembre y los demócratas consigan mayoría en al menos la Cámara de Representantes del Congreso no saca a Trump de la presidencia, por lo cual la amenaza de una nueva intervención militar en Venezuela no está totalmente excluida. Estaría, sí, más limitada, porque la nueva correlación de fuerzas políticas le exigiría al presidente rendición de cuentas. Habría que ver también cuál será el desenlace de la guerra con Irán, la segunda bravuconada militar después de la venezolana, que va a tener impactos por ahora no definidos en la política interna de Estados Unidos y en el exterior.

La forma como María Corina Machado y el liderazgo democrático se muevan en el país es también clave. Machado no es desinflable como Guaidó, quien no era el jefe absoluto de su partido y mucho menos de la oposición. Guaidó estaba atado a lazos partidistas que lo hacían pactar con otras organizaciones de la coalición democrática, pactos incluso cuestionados, como el de la empresa Monómeros en Colombia, donde hubo acusaciones de corrupción producto de la repartición tradicional partidista de cargos. La unidad democrática se desinfló por múltiples razones y con ella Guaidó. No es el caso de María Corina Machado.

La Premio Nobel de la Paz es la jefe indiscutible de la oposición democrática, con una legitimidad que se la pone difícil a la “liderofagia”. Ganó por abrumadora mayoría las elecciones primarias que la proponían como candidata de la Plataforma de la Unidad Democrática, a diferencia de Guaidó, quien llegó a la presidencia de la Asamblea Nacional por acuerdos entre los partidos. Sólo con el apoyo de MCM pudo Edmundo González, para entonces un desconocido, conquistar el voto de más de 70% de los venezolanos, en la elección presidencial que luego Maduro se robó. Machado evidenció durante esa campaña electoral su conexión con el pueblo venezolano y la culminó con éxito a pesar de todas las dificultades y trabas que quiso imponer el régimen durante el proceso.

El liderazgo opositor, con ella al frente, no es ella sola. La sociedad venezolana ha demostrado después del 3 de enero que no está dispuesta a esperar demasiado por Trump para obtener la democracia. Ahí están los familiares de los presos políticos, los estudiantes universitarios, los sindicalistas no oficiales, los dirigentes políticos que se han atrevido a seguir hablando (incluido Enrique Márquez) después de excarcelados o de haber salido de sus confinamientos. 

A Trump le puede importar un pito la democracia en Venezuela, pero él no es el único que participa en el juego, a pesar de lo fundamental que ha sido y puede seguir siendo en la llamada transición. Los otros actores no son tan aventajados, pero les toca defender lo suyo. Los Rodríguez tienen a Grenell y María Corina Machado a Rubio, pero donde se batirá el cobre es en Venezuela.

LO ROJO Y AZUL – CNP 25.973

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